domingo, febrero 22, 2026

IV Jornadas Poéticas Árabe-Hispano-Americanas



 Qué tarde tan serena y luminosa vivimos en las IV Jornadas Poéticas Árabe-Hispano-Americanas, en el Centro Cultural Torre de los Anaya. Un acto sencillo, sin estridencias, pero profundamente enriquecedor y fraterno.

Se rindió homenaje a los poetas Ala Abualshemlat (Siria) y Hussein Nahaba (Irak), cuyas palabras resonaron en árabe y en castellano, tendiendo puentes de emoción y memoria entre lenguas y orillas. Escuchar sus poemas en ambas lenguas fue un recordatorio hermoso de que la poesía no entiende de fronteras: atraviesa mapas, historias y acentos, y nos reúne en un mismo latido.




La multiculturalidad fue, sin duda, el alma de la jornada. Voces de distintos países compartiendo escenario, traduciendo, abrazando la palabra del otro. Ese intercambio —generoso y atento— nos enriqueció a todos. Fue un diálogo vivo entre culturas que demostró que la poesía es casa común.

Mi gratitud sincera a los organizadores, especialmente a Alfredo Pérez Alencart, por su entrega constante, y a los coordinadores que hicieron posible este encuentro. Gracias también a cada uno de los poetas amigos participantes, por su presencia, su palabra y su fraternidad.

Salimos con el corazón más amplio. Y eso, en estos tiempos, ya es mucho.

Aquí el poema que leí:

El cuerpo que recuerda 

En la cicatriz del tobillo
vive el verano de los ocho años,
la bicicleta roja
y el asfalto caliente
que me enseñó a caer.

Mis manos guardan
la textura de todas las superficies
que han tocado:
la corteza del ciruelo en el patio,
vestido de mi abuela,
la piel salada de quien amé
una tarde de enero.

Los músculos tienen su propia memoria:
mis piernas conocen el camino
a la casa de la infancia
aunque mis ojos
ya no la reconozcan.

Mi espalda recuerda
el peso exacto
de cada abrazo recibido,
el ángulo preciso
en que me incliné
para recoger una flor
que alguien me regaló
hace algunos años.

La lengua conserva
el sabor del primer beso,
el último sorbo de café,
la sal de las lágrimas
que lloré sin testigos.

En la curvatura de la nuca
se acumulan las caricias
nunca borradas,
en las palmas
permanece la forma
de las manos
que sostuvieron las mías.

Mi cuerpo es archivo,
cada célula
biblioteca que almacena
la historia completa
de haber vivido.

El cuerpo no olvida,
cada instante
convertido en postura,
en respiración,
en la forma exacta
que toma el aire
cuando entra
a llenar este espacio
que soy.

Poema que está publicado en un libro de próxima aparición. 


IV Jornadas Poéticas Árabe-Hispano-Americanas

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