lunes, septiembre 07, 2026

Análisis de 'Manual para habitar los bordes sin cortarse' - María Andrea González Monterrubio

 La gran poeta y profesora María Andrea González Monterrubio, querida ex alumna, me hizo el honor de acompañarme en la presentación del poemario en Bahía Blanca. Para la ocasión, hizo un análisis del libro que comparto con ustedes. 


Manual para habitar los bordes sin cortarse, de Annie Altamirano


¿Quién no envidió el título? Manual para habitar los bordes sin cortarse posee una tremenda potencia poética, condensada en tres sintagmas.

En principio, un manual es un texto técnico, frío y utilitario. Aplicar un método rígido a las emociones impredecibles de la poesía—al estilo de las Instrucciones para llorar de Cortázar— genera una evidente tensión en el lenguaje. Inmediatamente, el segundo sintagma desestabiliza cualquier solución práctica: habitar los bordes.

Habitar un territorio estable y central sería una propuesta más simple. Annie, en cambio, elige la cornisa del lenguaje como espacio habitacional, un límite donde el cuerpo y la memoria llegan atravesados por la distancia, las pérdidas y el tiempo. Quien transita el borde camina con la guardia en alto ante el riesgo de la caída o el olvido, pero es precisamente en esa inestabilidad elástica donde germina el movimiento y donde habita la paradoja y la contradicción. En muchos versos aborda con precisión este concepto de frontera:

“Mi piel es la frontera / más verdadera que habito: / aquí termino yo, / aquí comienza todo // Pero a veces, / cuando alguien me toca / esa frontera se vuelve / porosa / permeable / y descubro / que el cuerpo también / puede ser puente” (p. 51)

Ya estamos adentro de la trampa, pero el tercer sintagma, "sin cortarse", termina por seducirnos. Sabemos de antemano que estas instrucciones a priori tienen más chance de fracaso que de éxito, como si nos prometieran un "manual para arriesgar sin riesgo". Esa es la hermosa trampa de la poesía: nos ofrece un mapa preventivo contra el sufrimiento o el desarraigo, pero nos entrega una brújula llena de preguntas y silencios. En todo caso, nos recuerda que la única forma de vivir en el límite es, precisamente, habitándolo. (A propósito del verbo “cortar” resulta interesante la cantidad de acepciones semánticas que refiere la Real Academia Española)  

Esta idea dialoga con la planteada por la investigadora María Rosa Lojo, quien afirma que "habitar el borde impreciso entre dos culturas es andar siempre al filo de un abismo, donde recordar es la única forma de no caer".

Como filóloga y profesora, el lenguaje es central en la vida de Annie. Los "bordes" son también los límites de la palabra. Por eso, "sin cortarse" alude a la destreza de hallar la palabra justa: aquella capaz de nombrar la herida con lucidez y rabia, pero también con la ternura evocativa de quien —desde la condición de extranjero— construye un cuerpo, un umbral de resistencia.

Y aquí, otra vez, se abre un abanico de interrogantes: ¿extranjero de qué? ¿la migración es de dónde a dónde? ¿la migración es solo territorial? ¿Qué más hay en ese nomadismo crónico entre la argentina natal y el presente salamantino de la poeta? Indudablemente, algo del caminante de Machado. La experiencia coloca a la voz poética en una posición de extranjera no tanto de una tierra —ya que las dos se le funden como propias—, sino de sí misma. Es exactamente ahí donde el borde se vuelve símbolo, alegoría y ley. 

No vamos a encontrar una solemnidad impostada en sus versos; hay un rumor de patio, un eco de infancia y un persistente olor doméstico que se doma a fuerza de nombrar lo pequeño. Los objetos "obstinados", los rituales y las cosas mínimas —un ciruelo, una bicicleta roja, el zumbido de las abejas entre otros— cobran la entidad de presencias absolutas o fantasmas con los que – en palabras de la propia poeta- puede “entablar una conversación” : 

“Las persianas entreabiertas / dejan pasar un blanco / que se vacía / que se deshace / en la quietud obstinada / de los objetos (p. 14)

“Hay una terquedad en el peso de las cosas / en las baldosas / que reflejan una historia / sin testigos / en los techos altos / que sostienen / el vacío de las voces” (Casa vacía, p. 15)

Ante la terquedad de lo material, la autora redobla la apuesta e interpela directamente a la estructura, a la casa vacía: “Mírame, casa / No te desvanezcas” (p. 15), para ir al hueso del asunto con un verso bellísimo: “¿Quién recordará mi casa / cuando yo también me vaya?” (p. 15).

En esta cartografía de supervivencia, el desarraigo se transforma en una segunda piel. La memoria tiene registro corpóreo. 

“Con el pecho abierto a las ausencias” (p. 12); “El corazón no sabe cómo narrar las migraciones” (p. 12); “Mi corazón es la geografía del temblor” (p. 14); o en la magistral síntesis: “En la cicatriz del tobillo / vive el verano de los ocho años / la bicicleta roja / y el asfalto caliente / que me enseñó a caer” (p. 19). La distancia es, en sus palabras, “la primera y cálida punzada posible” (p. 21) y “la soledad cosida a la espalda” (p. 70).

A pesar del dolor del quiebre, la voz trasciende los límites del mapa mediante dos afirmaciones que definen la poética de Annie. La primera: “Hoy soy todos los paisajes que quise ser (…) buscando el origen / en un atardecer que se alarga / hasta volverse sereno” (p. 16). La segunda: “No elijo entre el peso y la levedad / los abrazo / como estaciones / del mismo ciclo” (p. 38).  En las dos hallamos una misma sabiduría de madurez. Solo desde ahí puede construir la memoria. Una memoria que necesita fundir los extremos que generan tensión y se encuentran en equilibrio. A propósito, no es casual que haya un poema que se llame justamente Equilibrio

Se enraíza en el barro, en el “fango pegado a las uñas del día” (p. 26) y levita con la sutil ligereza de una mariposa o en la imagen de partículas de polvo flotando sobre los muebles. Desde allí dirá: “Soy barro y viento (…) Mi ser habita en el límite” (p. 25).

A partir de allí, el poemario se sostiene en un elegante equilibrio de parejas antagónicas: raíz-aire, corteza-vacío, grito-eco, lodo-brisa, piedra-pluma, caída-ascenso. En esa tensión se generan imágenes de una delicadeza extrema:

La flor es el punto donde la tierra se vuelve leve (p. 26)

Mi pulso / se sincroniza / con el latido subterráneo / de los gusanos (p. 27)

Mi risa / se desprende de la garganta / y sube / como vapor de té (p. 34)

La poesía funciona aquí como un espacio simbólico de pasaje, porque, como subraya la autora: “Quizá solo somos eso / formas transitorias de belleza / entre el peso y la levedad”.

Hacia el final del libro destaca Línea 10 / Catedral, un poema articulado bajo la estructura de un viaje subterráneo. Los nombres de las estaciones de metro que se van sucediendo actúan como un puente que une el "allá" con el "acá":

“Soy un punto cardinal / soy todos los andenes / un lugar equidistante / entre el cemento / y las constelaciones // Tribunales - 9 de Julio - Diagonal Norte // Con palabras estoy poblando una estación / para abreviar la distancia”

Hay un verso que se va intercalando y que se repite generando un ritmo como una constante con variación “El paisaje se acelera/// el paisaje se acelera/// El paisaje se detiene”. De pronto, ahí, donde el paisaje se detiene, irrumpe una advertencia en otra lengua: “Mind the gap” (‘cuidado con el hueco’). Esta señal luminosa que aparece en las estaciones de metro londinense también funciona como cartel de advertencia para el lector, una potente clave de lectura, que ya estaba puesta en el título de toda la obra pero que recién ahora terminamos de dotar de sentido. El peligro no es el hueco del andén, ni siquiera solo el hueco personal o el vacío migratorio de la voz poética; es también un vacío que comulga con el destierro colectivo de otras mujeres, con una vivencia distinta pero igual. Y compartiendo con las otras la cicatriz del paso del tiempo que también es una condición de extranjería para el cuerpo. “Ninguna canción ahoga el estampido de la pena” (p. 78).

¿Cuáles son tus bordes, los míos? ¿Cuántos bordes colectivos hacen una orfandad o un refugio?  ¿Cuál es el borde de un cuerpo, de una casa, de una lengua, de una patria, de una memoria? A esta altura, no tenemos dudas de que el borde otorga una posición privilegiada para mirar: la posición del que sabe de antemano que una identidad y una memoria se construye desde el filo, la incomodidad de la frontera, donde la única certeza pareciera ser la palabra. Una palabra que no oculta la cicatriz, sino que le da belleza, sentido y fundación. Manual para habitar los bordes sin cortarse es, en definitiva, un bellísimo acto de fe poética.

María Andrea González

________________________________________




Presentación de 'Manual para habitar los bordes sin cortarse' en Tornquist, Argentina

Hay noches que se quedan un poco más tiempo con nosotros.

La visita a la Biblioteca Popular Ernesto Tornquist fue, para mí, mucho más que una presentación de poesía. Fue una de esas ocasiones en las que el presente se encuentra con el pasado y, por un rato, las distancias y los años parecen desaparecer.

Llegué a Tornquist gracias a la invitación de la biblioteca, y desde el primer momento me sentí recibida con una enorme calidez. Quiero agradecer especialmente a su directora, Gabriela Antivero, a Andrea Antinori y a toda la junta directiva, por la generosidad, la atención y el cariño con que me recibieron. Hay lugares que saben hacer de una actividad cultural un verdadero encuentro, y esta biblioteca es, sin duda, uno de ellos.

Pero si esta visita fue posible, se lo debo especialmente a Verónica Folco, una querida ex alumna que hizo posible que nuestros caminos volvieran a cruzarse. Y qué regalo ha sido ese reencuentro.


Verónica fue alumna mía en el Profesorado, al igual que Guillermina Marcolini, a quien tuve la maravillosa sorpresa de volver a encontrar aquella noche. Han pasado muchos años desde aquellos días de aulas, clases, proyectos y conversaciones. Encontrarlas ahora, siguiendo sus propios caminos, produce una emoción difícil de explicar. Como docente, una guarda muchas historias de sus alumnos, pero pocas veces tiene la oportunidad de comprobar cuánto perduran esos vínculos con el paso del tiempo.

Quizás esa sea una de las cosas más hermosas de enseñar: descubrir, muchos años después, que una parte de lo que compartimos permanece en algún lugar. 




También tuve la suerte de contar una vez más con la compañía de Sergio Soler, poeta y amigo, que volvió a estar a mi lado para compartir la presentación. Su presencia hizo que la velada fuese todavía más especial.



Y después llegó lo esencial: el encuentro con quienes se acercaron a escucharnos. Hubo poemas, preguntas, comentarios, conversación y, sobre todo, una cercanía que convirtió la presentación en algo mucho más íntimo que un simple acto literario.




Me fui de Tornquist con esa sensación tan difícil de conseguir: la de haber compartido algo verdadero.

Gracias, Tornquist, por una noche que guardaré con especial cariño. Y gracias a Verónica, Guillermina, Sergio, Gabriela, Andrea, a toda la junta directiva y a cada una de las personas que estuvieron allí por recordarme, una vez más, que algunos encuentros llegan muchos años después de haber comenzado.


Aquí comparto uno de los poemas que leímos. 

La ciudad despierta – Homenaje a Oliverio Girondo

Se encienden, se desperezan, se agitan,

se apresuran, se chocan, se esquivan,

se saludan, se ignoran, se distancian,

se aceleran, se frenan, se impacientan,

se congregan, se apiñan, se dispersan,

se susurran, se gritan, se enmudecen,

se observan, se esconden, se revelan,

se conectan, se aíslan, se entrelazan,

se alimentan, se nutren, se consumen,

se construyen, se elevan, se derrumban,

se renuevan, se oxidan, se transforman,

se colorean, se opacan, se iluminan,

se despiden, se alejan, se reencuentran,

se adormecen, se calman, se silencian.


jueves, agosto 27, 2026

Presentación de 'Manual para habitar los bordes sin cortarse' en Bahía Blanca, Argentina

Gracias por una noche tan especial 

La presentación de Manual para habitar los bordes sin cortarse fue mucho más que la presentación de un libro. Fue un encuentro lleno de poesía, música, afectos y personas muy queridas.



Tuve la enorme suerte de contar con María Andrea González Monterrubio y Sergio Soler como presentadores y compañeros de este viaje.




 Andrea hizo un análisis precioso, profundo y sensible de la obra. Sus palabras no solo acompañaron la presentación, sino que me permitieron volver a mirar mis propios poemas desde otros lugares. Fue un verdadero regalo escucharla leer e interpretar el libro con tanta sensibilidad y generosidad.

🎙️ Sergio, poeta y amigo, estuvo a cargo de la presentación del acto y aportó también su mirada y su voz a la conversación. Gracias a ambos por acompañarme y por acercarse a la obra con tanta atención, cariño y respeto.

 Y qué decir de Luis Mayol… Su música, su guitarra y su voz fueron el acompañamiento perfecto para una noche tan especial. Gracias por regalarnos esos momentos musicales y por ponerle una banda sonora inolvidable a la presentación.


❤️ Y, por supuesto, gracias a mi familia y mis amigos, que estuvieron allí para compartir conmigo este momento tan importante. Sentirlos cerca hizo que todo fuese aún más especial.

Mi agradecimiento también a Cultura de la Cooperativa Obrera por abrir sus puertas a la poesía y, muy especialmente, a Walter Lezcano por organizar el evento y hacerlo posible con tanta dedicación.

Gracias a todas las personas que vinieron, escucharon, preguntaron, compartieron y celebraron conmigo.

Un libro puede escribirse en soledad, pero cobra vida cuando encuentra otras miradas, otras voces y personas con quienes compartirlo.

Y esa noche, Manual para habitar los bordes sin cortarse cobró vida. 📖❤️



viernes, julio 24, 2026

Torres de Fantasía

 

Gracias a la Asociación Homero y en especial a Benito Gonzalez Garcia por invitarme a participar del recital Torres de Fantasía en la Torre de Anaya el lunes 20. 



Fue una velada muy bonita, conocer a nuevos poetas y reencontrarme con Benito, con quien compartimos muchos buenos momentos en el pasado.

Aquí los poemas que leí.



El poema aletargado

El poema, aletargado,

se esconde en el almeiro,

En la bruma áspera, silábica.

no quiere conjugar

el nombre de su nombre.

Semilla encerrada,

cautiverio de la palabra,

del vocablo urgente,

del verbo en vilo,

de la suerte incierta del adjetivo.

Respiración desolada

esperando el encuentro,

la creación y su hipérbole,

la metáfora en vigilia,

el silencio tramando sintaxis.

La palabra se acerca,

     asiste,

           fluye.

 

El poema por fin

dice su nombre completo

y se derrama

en la página hambrienta.

  

Geografía de la piel

Mi cuerpo es un mapa

de territorios que aprendo

cada mañana al despertar:

la cuenca tibia del ombligo

donde se acumula el sueño,

la cordillera de la columna

vertebrando el día,

las islas de los nudillos

emergiendo del agua de las manos.

 

Hay valles entre los dedos

donde se esconde el aire,

montañas en los hombros

que sostienen el día

y su peso de horas,

ríos bajo la piel

que llevan la sangre

hacia puertos secretos.

Los poros respiran

su propia conversación

con el mundo,

intercambian humedad,

temperatura,

el aliento invisible

de estar viva.

 

En las noches,

cuando el cuerpo se abandona

al territorio de la sábana,

siento cómo cada músculo

recuerda su nombre,

cómo la carne se asienta

en su propia evidencia.

Mi piel es la frontera

más verdadera que habito:

aquí termino yo,

aquí comienza todo.

 

Pero a veces,

cuando alguien me toca,

esa frontera se vuelve

porosa,

permeable,

y descubro

que el cuerpo también

puede ser puente.


jueves, junio 11, 2026

Recetas para cocinar de memoria: El pan de la abuela

 La harina en el cuenco.
Mis manos dibujan un hueco.
El agua llega tibia,
apenas temblando.

La levadura se deshace
y el olor sube:
cocina de baldosas negras,
ventana con vaho,
la radio encendida 
                                                            murmura para nadie. 

Se amasa lento.
Los nudillos empujan,
pliegan, estiran,
una y otra vez.

Ella amasaba sin mirar,
las manos anchas, seguras,
con un ritmo 
que no aprendió de nadie.
Golpeaba la masa con la palma abierta
—un golpe seco—
para saber si estaba lista.

Yo no heredé ese oído.

Espero el tiempo que ella no necesitaba.
Toco la masa y no sé lo que escucho.
La cubro con el paño
y confío en el reloj
donde ella confiaba en sus manos.

El pan crece.
La corteza se dora.
El aroma cruza la casa,
se mete en los pliegues de la ropa, 
se queda.

Corto el pan aún caliente.
Sabe a lo que aprendí
y a lo que perdí,

miércoles, junio 03, 2026

Recetas para cocinar de memoria: Masa para empanadas


Tres tazas de harina
que caen sobre la mesa. Abro en el centro
un cráter que espera.
Vierto agua tibia con sal
y el aceite que resbala
antes de hundirse.

Mis manos entran al círculo, 
Atraen la harina desde los bordes.
La masa resiste primero, 
se desmiga, huye entre los dedos. Pero insisto
con el peso del torso, 
las palmas empujando y doblando, 
empujando y doblando, 
hasta que cede,
hasta que la superficie se cierra
sobre sí misma, 
tensa y lisa. 

La envuelvo
en el paño húmedo—el de cuadros azules
—y espero.

Media hora. 

Pico la cebolla.
El cuchillo golpea la tabla. 
El ardor sube a los ojos.
El comino cruje en el mortero,
se quiebra grano a grano.
Cuando estiro la masa, 
el rodillo va y viene 
con su rumor de madera antigua.
Las manos se mueven solas.
Conocen el grosor exacto, 
la presión justa.

El repulgue 
trenzado con los dedos:
trece pliegues por empanada,
siempre trece. 

Así me enseñaron.

En el horno se doran despacio.
Muerdo la primera,
el jugo me quema un poco la lengua.
De esa quemadura
También vengo. 

Valladolid: una tarde para habitar la poesía

Comparto con ustedes algunos videos de la presentación. 







Análisis de 'Manual para habitar los bordes sin cortarse' - María Andrea González Monterrubio

  La gran poeta y profesora María Andrea González Monterrubio, querida ex alumna, me hizo el honor de acompañarme en la presentación del poe...