La leche sube,
casi desborda la olla esmaltada
El arroz, en puñado,
cae grano a grano,
se dispersa,
algunos granos quedan pegados a la palma.
Los echo a la olla,
se hunden sin ruido.
La rama de canela, quebrada,
deja astillas en el borde
de la encimera.
La cáscara de limón
libera su aroma
y toda la casa
cambia de siglo.
El azúcar llega al final,
casi nunca la misma cantidad.
La textura decide,
no las manos.
El vapor empaña el reloj de la pared,
mientras la cuchara de madera
traza círculos lentos
en la mezcla que nunca hierve del todo.
Dejo que el arroz se enfríe
junto a la ventana abierta.
Los cuencos esperan:
la superficie se cubre
con una piel fina,
que nadie retira de inmediato.
Sirvo el arroz con leche
y mis hijos ríen.
En el aire, algo que no es mío,
El gesto de otra mano
Que también supo
Cuando estaba listo.

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