Las manos dibujan un hueco,
el agua llega tibia,
apenas temblando.
La levadura se disuelve
y el olor sube:
cocina de baldosas negras,
ventana con vaho,
la radio encendida que nadie escuchaba.
Se amasa lento.
Los nudillos empujan,
pliegan, estiran,
una y otra vez.
Ella amasaba sin mirar,
las manos anchas, seguras,
con un ritmo que no aprendió de nadie.
Golpeaba la masa con la palma abierta
—un golpe seco—
para saber si estaba lista.
Yo no heredé ese oído.
Espero el tiempo que ella no necesitaba.
Toco la masa y no sé lo que escucho.
La cubro con el paño
y confío en el reloj
donde ella confiaba en sus manos.
El pan crece.
La corteza se dora.
El aroma se posa en las cortinas,
en los pliegues de la ropa.
Corto el pan aún caliente.
Sabe a lo que aprendí
y a lo que perdí
al mismo tiempo.

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