A la hora en que los álamos relucen de atardecer,
cerca del río croan las ranas y comienza
la insistente convocatoria de los grillos.
Cae la noche en los sauces.
La oscuridad se dilata
y la impaciencia del verano se demora en la sierra.
En una esquina del ventanal llama la Cruz del Sur –
recompensa que tenemos
quienes trasnochamos en aquel hemisferio –
y comienza el balbuceo inasible
de las luciérnagas encendidas.
Vuelvo a los primeros manantiales
con el pecho abierto a las ausencias –
el corazón no sabe cómo narrar las migraciones -
y con la memoria amontonada en las arterias
escribo despacio el verso que los nombra.
Las estrellas se deprenden de la noche,
siguen su propia ruta,antigua huella labrada.
Separo cuidadosamente los recuerdos,
el sosiego de aquellas voces
que conozco desde siempre,
y regreso al lugar donde dormía
siguiendo el camino de las luciérnagas.
@Annie Altamirano, en Manual para habitar los bordes sin cortarse,
Ed. Tarqus, Marzo 2026


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