Hay fechas que no se escriben en el calendario. Se escriben adentro.
El domingo 12 de abril es, desde ahora, una de esas fechas.Presenté "Manual para habitar los bordes sin cortarse" en la Casa de la Cultura de Punta Alta —mi ciudad, mi raíz, mi primer lector— y todavía no encuentro las palabras exactas para describir lo que pasó adentro mío mientras miraba esa sala llena de caras queridas.
Quince años de poemas. Quince años de talleres, de
madrugadas, de dudas y de esa terquedad silenciosa que tiene la escritura
cuando no te suelta. Todo eso cabía, de alguna manera, en ese escenario.
Mi amigo y colega Sergio Soler presentó el libro con
esa generosidad y lucidez que lo caracterizan. Las escritoras Betty Ferrer
y Emma Acha prestaron su voz a mis poemas —y hay algo extraño y hermoso
en escuchar tus propias palabras en la boca de otra persona que las habita con
genuino cariño. La música de mi gran amigo Víctor Volpe hizo el resto: convirtió la
noche en algo que ya no era solo una presentación, sino un encuentro.
Estuvieron amigos de toda la vida. Compañeras de colegio.
Ex-alumnos. Familia. Dos de mis profesores del secundario, que me vieron cuando
yo todavía no sabía bien qué quería decir pero ya necesitaba decirlo.
Y entonces llegó la sorpresa.
La Declaración de Interés Municipal de mi persona y
mi obra. No lo esperaba. Me tomó desprevenida, que es quizás la única forma en
que algo así puede tocarte de verdad.
Gracias a cada uno de los que estuvieron. A los que vinieron
de lejos y a los que viven a la vuelta. A los que llegaron con flores y a los
que llegaron con los ojos brillantes.
Los bordes, al final, no cortan tanto cuando uno no está
solo.




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