Hay poemas que nacen de una imagen muy concreta y, poco a poco, terminan hablando de algo más. «Claroscuro» nació de una de esas escenas suspendidas entre la noche y el día: una habitación que empieza a llenarse de luz, dos cuerpos que todavía permanecen cerca y ese instante en que la mañana devuelve las cosas a su lugar.
La luz entra primero tímidamente, casi a tientas. Después
avanza, ilumina los objetos, el paisaje y, sobre todo, aquello que durante la
noche podía permanecer en la penumbra. Pero la claridad no siempre significa
distancia o ruptura. A veces ocurre justo lo contrario: la mañana revela que lo
que había en la oscuridad sigue ahí, entero y cálido.
Me hace especialmente feliz compartir que «Claroscuro» ha
sido seleccionado como finalista del III Certamen Nacional de Poesía «Habla».
Quiero agradecer a la Asociación Habla y al jurado
del certamen por haber leído y valorado mi poema y por haberlo incluido entre
los finalistas. Para quienes escribimos poesía, que un poema salga de ese
espacio íntimo en el que fue escrito y encuentre lectores es ya una forma de
celebración.
Este poema habla, en cierto modo, de eso mismo: de lo que
queda cuando llega la luz. De cómo algunas cosas no necesitan esconderse en la
oscuridad para existir. De esas mañanas que, en lugar de romper el hechizo de
la noche, simplemente lo confirman.
Comparto aquí el poema completo, agradecida por esta
distinción y feliz de que «Claroscuro» haya encontrado este nuevo lugar
desde el que ser leído.
Claroscuro
La mañana se filtra.
Primero es una línea fina
en el borde de la cortina,
un hilo de luz que tantea el piso.
Después se ensancha.
Trepa por la sábana revuelta,
encuentra tu hombro,
lo dibuja.
La marca exacta
de mi boca en tu clavícula.
El frío sigue ahí,
pegado al vidrio empañado.
Afuera la sierra aparece
envuelta en esa neblina blanca
que tienen las mañanas
que se demoraron.
La luz avanza
y con ella vuelven las cosas
a ser lo que son:
la silla es silla otra vez
y no el lugar donde tiraste la camisa,
el piso es piso
y no el mapa de ropa
que marcaba el recorrido
de la puerta a la cama.
Tu cara a medio despertar,
el pelo en guerra con la almohada.
Esa cara que no es la de anoche,
es otra,
más cierta,
más desnuda
porque la mañana no deja
donde esconderse.
No retiro el brazo.
No busco la distancia
que la luz debería imponer
entre lo que fue
y lo que ahora
simplemente
es.
Porque hay mañanas
que no rompen nada.
Llegan despacio,
corren la oscuridad a un lado
y lo que encuentran debajo
sigue entero,
sigue tibio,
sigue queriendo estar
exactamente
donde está.
La sierra se despeja.
El sol alcanza tu espalda
y yo te miro
con esa claridad brutal de la mañana
que confirma
todo lo que la noche
prometió en voz baja.
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