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viernes, octubre 25, 2013

Manual para depredadores, con Carlos, Aida, Tina, Irene y Silvia en El Rastrel.

Ego miserum et peccator

 Oyó al de seguridad cerrar una a una las salas. El sonido del metal al girar las llaves en las antiguas cerraduras retumbó en el silencio del claustro, también la voz en el walkie talkie dando parte y los pasos alejándose rumbo al portal de entrada.

No había sido difícil colarse con un grupo de turistas, sólo se había cuidado bien de no socializar demasiado para pasar desapercibido. Mientras todos estaban en el Paraninfo escuchando el relato de cómo Unamuno se había enfrentado al general Millán Astray se escabulló hacia el patio. Era casi la hora de cierre. Los obreros que estaban trabajando en las obras de limpieza y restauración ya se habían marchado. Trepó por el andamiaje hasta el tejado, buscó un lugar adecuado, sacó los guantes y el gorro de lana de la mochila y se sentó a esperar que se hiciera de noche. Cuando se apagó la última luz en el claustro bajó.

Se deslizó hasta la primera planta, fue directamente a la enorme puerta de madera maciza y la abrió sin dificultad lo mismo que la de cristal que había detrás. El inhibidor electrónico de alarmas hizo el resto.

Cerró las puertas y encendió la linterna. Sabía que lo que buscaba estaba justamente frente a él pero se permitió recorrer la biblioteca con la vista unos minutos: las librerías que cubrían las paredes, los cuatro globos terráqueos, las estatuas de las esquinas, las diminutas escalerillas de caracol forradas de libros que llevaban al nivel superior, las vitrinas con fotos y el preservativo hallado en un libro del siglo XVI.

‘¡Qué maravilla!’ se dijo y se dirigió a la puerta que tenía enfrente, la abrió y contempló extasiado la sala de los manuscritos. ¡Qué privilegio! Muy pocos tenían acceso a ella, ni los catedráticos, sólo personal autorizado. Y ahí estaba, el manuscrito mas antiguo, contemporáneo del Cantar del Mio Cid: el Liber Canticorum et horarum, copiado por Cristóforo en 1059, el libro de oración de la reina Doña Urraca.

Ecce nunc benedicite Dominum omnes’, recitó de memoria. Tomó la caja casi con reverencia. El coleccionista le había asegurado una fortuna por él, la mitad ya estaba en una cuenta. Era su último trabajo, ya podría retirarse. Había acumulado lo suficiente para asegurarse y asegurarle a su hija una vida sin preocupaciones. La niña podría estudiar arte en las mejores escuelas del mundo, tenía el don, ahora también tendría los medios. Nunca dependería de marchantes o mecenas. Lo único que lamentaba era que no volvería a ver esos sitios invisibles al gran público: los Archivos Vaticanos, la universidad de Leipzig. El Papiro Ebers había sido uno de sus primeros golpes, luego vinieron más, pero sin duda el más arriesgado fue el de las actas del juicio a Galileo. Todavía lo estaban buscando.

Dio unos pasos hacia la salida. De pronto un frío intenso le cortó la respiración. Se llevó las manos a la garganta para liberarse de la garra helada que lo ahogaba. La caja y la linterna cayeron al piso. Sintió que se desmayaba. De pronto todo fue oscuridad.
……………………………….

‘Por aquí doctora. Cuidado la cabeza que el dintel es muy bajo’

´Me encantaría quedarme encerrada aquí’, dijo la forense extasiada mirando a su alrededor.

‘¿Está segura de lo que pide?’, preguntó el director con una sonrisa divertida.

‘Bueno, al menos un par de días. Pero ¿por qué me lo pregunta? ¿Es que acaso tienen un fantasma?’

‘En estos sitios nunca se sabe’, dije Eduardo riéndose.

Se dirigieron a la sala de los manuscritos. Eduardo sacó la llave de su bolsillo y abrió.

‘Así lo encontramos esta mañana. Lo extraño es que ninguna puerta fue forzada, todas están perfectamente cerradas como las dejamos anoche.’

En el medio de la sala yacía el cuerpo de un hombre boca arriba, sujetándose la garganta con las dos manos y el rostro desfigurado en una mueca de espanto.

La mujer se inclinó sobre el cadáver e hizo una primera inspección.

‘Es curioso. A primera vista todo parece indicar que fue estrangulado, pero evidentemente lo dirá la autopsia. ¿Falta algo?’

‘Nada, está todo en su sitio. Ya verificamos.’


‘Bueno, manos a la obra. A ver qué encontramos. Tendría que haber habido alguien mas aquí o … ¿Habrá sido el fantasma’


martes, mayo 15, 2012

La mosca de George.


Si yo pregunto quién es George Langelaan es bastante probable que muy poca gente sepa la respuesta salvo aquellos que sean devotos de la ciencia ficción.



Este señor, nacido en París en 1907 fue espía en la segunda guerra mundial, prisionero de los nazis, y recibió la Cruz de guerra del gobierno francés, fue periodista y escritor de relatos fantásticos y de ciencia ficción. De toda su producción literaria, se lo conoce por su relato “La Mosca” publicado originalmente en 1957 en la revista Playboy y del que se hicieron dos versiones cinematográficas, una en 1958 y otra en 1986.



Debo ser totalmente honesta, no me gusta la ciencia ficción y salvo excepciones - Star Wars la primera trilogía , Blade Runner y poco mas - las películas de ciencia ficción no son mi primera elección. Esto no significa que no pueda apreciar la calidad de un buen relato del género. Y en este caso particular, por alguna razón, me acordé hace unos días de la última escena de la versión de “La Mosca” de 1958, dirigida por Kurt Neuman y protagonizada por Vincent Price, que me sigue produciendo escalofríos y busqué el relato para releerlo. Lo encontré junto a otros cinco relatos en un libro que se llama “Relatos del antimundo”. 

“La mosca” tiene un argumento innovador para la época y se lo considera es el mejor relato terrorífico del siglo XX. La mutación producida en un a raíz de sus experiencias con la antimateria y su intento fallido por devolverlo a su primitiva morfología, sirven de hilo conductor de una trama sobrecogedora y muy bien construida. En éste como en los restantes cinco cuentos del libro, se ve la influencia clara de Poe y de H.P. Lovecraft, otro gran maestro del género de terror y la ciencia ficción.

Otro de los cuentos, “La dama de ninguna parte”, especula sobre la energía nuclear y la vida en otras dimensiones y es la personificación de la unión entre ciencia-ficción y terror. Siguiendo la tónica de todo el libro, al principio se narran unos hechos poco claros y misteriosos, que presentaran a su vez el inicio y el desenlace del relato.

En "La otra mano” se mezclan de nuevo ciencia y terror, sólo que con más abundancia de la primera. Un hombre empieza a actuar de forma extraña desde que descubre que su mano tiene vida propia.

“Deducciones desde la butaca” presenta la típica historia reflejada en un hecho cotidiano y con un final sorprendente. No hay mucho que contar sobre ella, pues la trama deberán descubrirla ustedes mismos. De carácter grotesco e irreal, es uno de los relatos más curiosos del libro.

Salida de emergencia”  es la rareza de esta antología: una historia rebuscada de temática policíaca ambientada en la Francia profunda.
“Vuelta a empezar” es sin duda uno de los mejores relatos del libro. Langelaan plasma con asombrosa credibilidad una de las respuestas a los eternos interrogantes del ser humano. La idea es muy interesante y está bien desarrollada, pero es la manera en cómo  nos sumerge en la mente del protagonista lo que llama la atención.

Lo dicho, no me gusta la ciencia ficción, pero esta colección de relatos merece leerse.







Publicado en Revista Imprescindibles © Annie Altamirano Todos los derechos reservados

lunes, marzo 21, 2011

El secreto

David detuvo su coche frente al portal y, con gesto displicente entregó las llaves al mayordomo. El mucamo abrió la puerta de roble macizo.
David estudió su imagen en el enorme espejo del vestíbulo. Todo estaba en orden: camisa hecha a medida, corbata de seda, traje de corte italiano, “Gracias, Dios mío, por haber creado a Armani”, cabello estudiadamente descuidado para dar un toque juvenil pero distinguido.
“Listo para dar el golpe, como siempre”. Si había algo que David no tenía era la autoestima baja.
“Soy el abogado más joven del bufete más poderoso de Nueva York, no he perdido un solo caso desde que comencé, acabo de ganar uno que los veteranos consideraban imposible y me han nombrado socio de la firma. ¿Qué más puedo pedir?”
Además David era infernalmente guapo y atlético, alto, moreno, ojos verdes. No había mujer, joven o vieja, que no lo siguiera con los ojos cuando pasaba. Hasta los hombres lo miraban con mal disimulada envidia.
Cuando entró al salón le llovieron saludos y felicitaciones.
-          Hola, David. Te felicito.
“¿Quién será la pelirroja esta? Evidentemente sabe quién soy. Nota mental: buscar una copa de champagne y volver rápidamente”.
-          Gracias y ¿cómo es que estás sola? Busco una copa y estoy contigo.
“Allí están James y su mujer. Primero saludar al jefe. Y hay que ver que la señora se conserva muy bien pese a sus años. Habrá que felicitar a su cirujano plástico y a su personal trainer”.
-          Bienvenido, socio.
-          Gracias, señor. Señora, es un honor que me haya invitado a su casa.
-          Sharon, querido. Y es un placer que estés aquí.
“Y qué placer, madre mía. No me imaginaba que este crío fuera tan guapo. Habrá que averiguar si tiene compromisos y deshacerlos si fuera necesario”.
-          Ven, David, quiero presentarte al senador Williams y al Ken Miller, nuestro próximo candidato a la presidencia. Gente que debes conocer.
“¿Y la pelirroja donde estará? Bueno, la carrera ante todo”. Y se dejó llevar sabiendo que
cada mano que estrechaba era una conexión más con ese mundo al que ambicionó pertenecer desde pequeño. Y allí estaba ahora, finalmente era uno de ellos.
-          Este muchacho tiene un gran futuro, no debes dejarlo escapar. Es más, David, necesitaría tu consejo en un tema de inmigrantes que tengo trabajando en el rancho de Texas. ¿Qué opinas, James?, preguntó el senador.
-          Totalmente de acuerdo. Es la persona indicada. ¡Ah! Aquí estás, querida. David, te presento a mi hija.
El tono revelaba el orgullo que sentía por su hija.
-          David es nuestro nuevo socio.
-          Sí, papá, ya me habías hablado de él. De hecho no hace otra cosa que hablar de ti. Si esto sigue así, me voy a poner celosa.
Era la pelirroja ofreciéndole la mejilla y mirándolo con ojos gatunos.
“¡Bingo! Esto va a resultar muy placentero. Así que la belleza es la hija”.
-          Encantado, aunque creo que nos saludamos a la entrada y eso me recuerda que estoy en deuda contigo.
David tomó una copa de champagne de una bandeja que le ofrecía una mucama.
-          ¿Un canapé, señor?
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se dio vuelta y la miró. La mujer ya mayor, de aspecto inconfundiblemente mejicano, lo miraba en silencio, con ojos tristes de reconocimiento. “No puede ser. ¿Qué hace aquí?”
Era su madre.

© Annie Altamirano, 2004 España

Con buenos humos

El ejecutivo tosió con vehemencia.
- Va a tener que dejar de fumar. - sentenció el oncólogo-.
- ¿Por qué? – inquirió el ejecutivo cortésmente-.
- Es malo para la salud.
- Hombre, peor es el alcohol y nadie nos pide que dejemos de beber … a no ser que conduzca.
- Puede causarle cáncer de pulmón.
- De algo hay que morirse.
- Se tiñen los dedos y los dientes con la nicotina.
- Piedra pómez y un dentista.
- Avejenta la piel y salen arrugas.
- Hay que darle trabajo a los cirujanos plásticos que si no, aumenta el paro. Además, si está nervioso, hay que ver lo que relaja.
- Impregna de olor la ropa.
- Pues mire usted, el otro día mi mujer compró un producto para rociar la ropa que es mano de santo.
- Se pierde el sentido del gusto.
- Agregamos un poco de picante y ya. Por cierto, ¿un cigarrito?
- Sí, gracias.


© Annie Altamirano, 2005 España

viernes, mayo 21, 2010

Ego miserum et peccator



Oyó al de seguridad cerrar una a una las salas. El sonido del metal al girar las llaves en las antiguas cerraduras retumbó en el silencio del claustro, también la voz en el walkie talkie dando parte y los pasos alejándose rumbo al portal de entrada. Le dio un sorbo a la petaca de cognac y se incorporó lentamente.

No había sido difícil colarse con un grupo de turistas de Huelva, sólo se había cuidado bien de no socializar demasiado con ninguno para pasar desapercibido. Mientras todos estaban en el Paraninfo escuchando el relato de cómo Don Miguel de Unamuno se había enfrentado al general Millán Astray se escabulló hacia el patio. Era casi la hora de cierre y los obreros que estaban trabajando en las obras de limpieza y restauración ya se habían marchado por que pudo trepar por el andamiaje hasta el tejado sin mayor problema. Buscó un lugar adecuado, sacó los guantes y el gorro de lana de la mochila y se sentó a esperar que se hiciera de noche. Cuando se apagó la última luz en el claustro bajó.

Se deslizó hasta la primera planta, fue directamente a la enorme puerta de madera maciza y la abrió sin dificultad lo mismo que la de cristal que había detrás. El inhibidor electrónico de alarmas hizo el resto.

Cerró las puertas con sumo cuidado y encendió la linterna. Sabía que lo que buscaba estaba justamente frente a él pero se permitió recorrer la biblioteca con la vista unos minutos: las librerías que cubrían las paredes, los cuatro globos terráqueos, las estatuas de las esquinas, las diminutas escalerillas de caracol forradas de libros que llevaban al nivel superior, las vitrinas con fotos y el famoso preservativo hallado en un libro del siglo XVI.

‘¡Qué maravilla!’ se dijo y se dirigió a la puerta que tenía enfrente, la abrió y contempló extasiado la sala de los manuscritos. ¡Qué privilegio! Muy pocos tenían acceso a ella, ni los catedráticos, sólo personal autorizado. Y ahí estaba, el manuscrito mas antiguo, contemporáneo del Cantar del Mio Cid: el Liber Canticorum et horarum, copiado por Cristóforo en 1059, el libro de oración de la reina Doña Urraca.

‘Ecce nunc benedicite Dominum omnes’, recitó de memoria. Tomó la caja casi con reverencia. El coleccionista le había asegurado una fortuna por él, la mitad ya estaba en una cuenta secreta en las islas Seychelles. Era su último trabajo, ya podría retirarse. Había acumulado lo suficiente para asegurarse y asegurarle a su hija una vida sin preocupaciones. La niña podría estudiar arte en las mejores escuelas del mundo, tenía el don, ahora también tendría los medios. Nunca dependería de marchantes o mecenas. Lo único que lamentaba era que no volvería a ver esos sitios invisibles al gran público: los Archivos Vaticanos, la universidad de Leipzig. El Papiro Ebers había sido uno de sus primeros golpes, luego vinieron más, pero sin duda el más arriesgado fue el de las actas del juicio a Galileo. Todavía lo estaban buscando.

Dio unos pasos hacia la salida. De pronto un frío intenso le cortó la respiración. Instintivamente se llevó las manos a la garganta para liberarse de la garra helada que lo ahogaba. La caja y la linterna cayeron al piso. Sintió que se desmayaba. De pronto todo fue oscuridad.
……………………………….

‘Por aquí doctora. Cuidado la cabeza que el dintel es muy bajo’

´Me encantaría quedarme encerrada aquí’, dijo la forense extasiada mirando a su alrededor.

‘¿Está segura de lo que pide?’, preguntó el director con una sonrisa divertida.

‘Bueno, al menos un par de días. Pero ¿por qué me lo pregunta? ¿Es que acaso tienen un fantasma?’

‘En estos sitios nunca se sabe’, dije Eduardo riéndose.

Se dirigieron a la sala de los manuscritos. Eduardo sacó la llave de su bolsillo y abrió.

‘Así lo encontramos esta mañana. Lo extraño es que ninguna puerta fue forzada, todas están perfectamente cerradas como las dejamos anoche.’

En el medio de la sala yacía el cuerpo de un hombre boca arriba, sujetándose la garganta con las dos manos y el rostro desfigurado en una mueca de espanto.

La mujer se inclinó sobre el cadáver e hizo una primera inspección.

‘Es curioso. A primera vista todo parece indicar que fue estrangulado, pero evidentemente tengo que hacer una autopsia en toda regla. ¿Falta algo?’

‘Nada, está todo en su sitio. Ya verificamos.’

‘Bueno, manos a la obra. Vamos a ver qué encontramos. Tendría que haber habido alguien mas aquí o … ¿Habrá sido el fantasma’

Publicado en rincones de Creación, Salamanca 2009,© fundación Salamanca Ciudad de Cultura y la autora

Torres de Fantasía

  Gracias a la Asociación Homero y en especial a Benito Gonzalez Garcia por invitarme a participar del recital Torres de Fantasía en la Tor...