'... las estrellas para quien las trabaja', Juan Carlos Mestre, poeta

sábado, marzo 20, 2010

Recuerdos



Desde que era un bebé, mis padres iban a Sierra de la Ventana en verano. Sierra, como le decimos los de toda la vida, es una villa metida entre las montañas más antiguas del planeta, en un valle lleno de bosques, arroyos y campos cultivados, cerca de mi ciudad natal; y allí, en una esquina frente a la estación de trenes estilo inglés, como todas las viejas estaciones de ferrocarril de Argentina, está el Hotel Golf, un edificio de piedra gris de dos plantas que parece sacado de una postal del Tirol. Los dueños eran Alfredo y Eliza Schopper, un alemán enorme de risa fácil, voz estentórea y gran tomador de cerveza, y ella una suiza bajita, regordeta, de carácter fuerte, que cocinaba como los dioses y vivía regañando a Alfredo por la cantidad de cerveza que tomaba.

Como dije, el hotel parecía sacado de una postal del Tirol y no sólo por fuera. Los muebles, la mantelería, las cornamentas de ciervo y el aroma deliciosos que venía de la cocina a toda hora, todo era un recuerdo de los Alpes y la Selva Negra. El desayuno se servía en una terraza acristalada sobre un lateral del hotel donde daba todo el sol de la mañana, y era una gloria. Nos servían el café con leche en unos tazones enormes de loza y la leche no era como la de ahora, envasada en cartón, con vitaminas, minerales, sin colesterol, desnatada, con lactonosequé ... no, era leche en serio, ordeñada al amanecer, espumosa, cremosa, riquísima. Y en ese café con leche mojábamos rodajas de pan de campo untado con mantequilla casera y las mermeladas increíbles hechas por Eliza. El almuerzo y la cena se anunciaban con un gong que había sobre un enorme aparador de roble macizo donde se guardaban los cubiertos y la mantelería. Siempre empezábamos con sopa y todavía me acuerdo de la sopa a la reina, una sopa de fideos con hilos de huevo batido y perejil picado finito que era una delicia, será por eso que nunca tuve el odio hacia la sopa que parece ser tradicional en casi todos los chicos.

La hora de la siesta era sagrada, a dormir todo el mundo porque hace mucho calor y a esta hora hay víboras en el río. Con los años me di cuenta que esto era una excusa de mi madre para no ir al río a esa hora porque aborrece el calor y, además, es fiel seguidora del principio básico de toda buena madre que los niños deben dormir la siesta, principio universalmente odiado por todo chico que se respete. Y, al fin y al cabo, en verano en el río hay víboras a toda hora. Pues bien, la cosa venía de dormir la siesta y a mí, ya a los cuatro o cinco años, mucha gracia no me hacía porque era mas divertido deambular por el hotel buscando rincones misteriosos, que los había y muchos para alguien de mi edad y con mi imaginación, o jugar con mis dos amigos: Blitz y Wolff, dos enormes pastores alemanes que eran como los hijos que Alfredo y Eliza nunca habían tenido. Blitz, que en alemán significa rayo, era casi blanco, y Wolff, el lobo, tenía un manto negro. Si bien eran muy guardianes, no eran agresivos, pero todos los pasajeros les tenían mucho respeto menos yo que, como era pequeña y me había criado con ellos, los trataba como si fueran pekineses inofensivos. Los perros siempre estaban en el patio salvo a la hora de la siesta cuando les permitían dormir en el vestíbulo, que era muy fresco. Una tarde, parece ser que me escapé de la habitación y me fui a jugar con los perros al vestíbulo. Mis padres descubrieron mi ausencia en cuanto se despertaron y bajaron rápidamente al salón donde don Alfredo muerto de risa les contó que me había encontrado durmiendo a pata suelta en el vestíbulo entre los dos perros, que me debían ver como la manada a Mogwli en El Libro de la Selva porque, no sólo no me hacían ningún daño, sino que no dejaban que ningún extraño se me acercara. Años después se repetiría la historia con mi pastor alemán y mi hijo mayor.

Al atardecer, cuando volvíamos del río, nos bañábamos en unas tinas enormes de porcelana blanca con patas de bronce en forma de garra de león, y nos vestíamos para ir a tomar el vemouth. Entonces los mayores se sentaban en el salón o en las mesas que don Alfredo ponía en la vereda a tomar un aperitivo o una cerveza con maníes, papas fritas, queso cortado en daditos y aceitunas verdes. A nosotras (a esta altura de mis recuerdos ya contaba con la compañía de mi prima Sandra, dos años menor que yo, con quien compartía veranos y a quien arrastraba en mis andanzas) don Alfredo y su hermano Franz, nos sentaban en los taburetes del bar y nos plantaban delante sendos platos de maníes y una Bidú Cola bien fría con las consiguientes protestas de mi madre y mi tía que decían que luego no íbamos a cenar. ¡Qué va! Ni locas nos hubiéramos perdido una de las deliciosas comidas de Eliza aunque reventáramos.

Los días eran tan largos que a la noche caía rendida, y me encantaba meterme entre esas sábanas de hilo con olor a limpio. Pero hacia la madrugada siempre me despertaba el pitar de los trenes, entonces, sin hacer ruido, me levantaba a espiarlos desde la ventana de la habitación y eran como un fascinante monstruo bonachón y ruidoso. Primero fueron las máquinas a vapor, negras, enormes, que echaban densas columnas de humo blanco, luego, el progreso puso sobre las vías la primera locomotora diesel, amarilla con rayas anaranjadas, a la que, supongo que por la impresión que me causó, apodé “La Máquina Dragón”. Los días y los trenes pasaron pero el hechizo siguió, tanto que, de vez en cuando, voy con mis hijos a la estación de Sierra y los trenes, al pasar, todavía conservan para mí ese encanto.

Ahora el hotel está cerrado y abandonado, algún hijo de mala madre envenenó a Blitz y a Wolff, Eliza y Alfredo murieron hace años y cada vez pasan menos trenes. Mucha gente va a Sierra de la Ventana escapándole a la locura de las grandes ciudades; hay cyber cafés, los pibes pasean en moto y no falta quien se lleva el móvil al río. A veces escucho a una madre, de esas que nunca vio un sapo mas que en fotos, decirle a su niño, con su habitual soniquete “¡No vayas por el pasto que te vas a ensuciar!” y pienso ojalá esos chicos tuvieran la suerte de pasar un verano como los míos, aquellos del Hotel Golf, de la sopa a la reina y de la siesta con Blitz y Wolff.

3 comentarios:

  1. Mi querida tanshumante, hermana de mi hermana (aquella que de sangre no lo es), poeta de otras tierras... encontrarte acá es un placer. Sierra siempre será Sierra: eso también nos hermana. No sé, simplemente me he quedado pensando en lo que dije en mi Blog, aquello de que la vida es lo que contamos de ella y que suena muy lindo cuando lo hacemos. Me gustan tus recuerdos, me gusta la vida que te has edificado, la fortuna tuya que ahora yo también tengo de poder tener tiempo de escribir. No sé si vale para otros, pero vale hacerlo.
    No sabés cuánto agradezco algunos pasajes de tu biografía en tiempo presente, porque Sierra, para mí al menos, es un presente histórico, pletórico de Maris Altamirano, Horacios, Bochas, Nenés y cuantos personajes la habitarán por siempre y la han hecho eso que recordaremos como un sueño que la memoria elige.
    Te quiero, sí señora. Te quiero y mucho!

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  2. Gracias, Paula, porque el sentimiento es mutuo y porque todos ustedes son también mi familia, con permiso de mi hermana.

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  3. ¡Que belleza, Annie!

    Gracias por compartir estos hermosos recuerdos con todos nosotros.

    Un beso.

    S.

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