'... las estrellas para quien las trabaja', Juan Carlos Mestre, poeta

miércoles, febrero 29, 2012

No solo sushi

Creo que fue mi afición a Murakami, Ishiguro, los haikus y el sushi que me llevó a indagar en la literatura japonesa y en uno de mis paseos por Internet descubrí a Junichiro Tanizaki (1886 – 1965).







Tanizaki fue poeta, ensayista, novelista y recibió el Premio Imperial de Literatura en 1949. Luego de escribir varias novelas en un estilo bastante ortodoxo, comenzó a fusionar la tradición japonesa del relato con técnicas más experimentales. Sus obras se caracterizan por una obsesión con Occidente y la confrontación entre la tradición y la modernidad en Japón, a veces presentando un mundo de sexualidad y obsesiones eróticas destructivas y otras la dinámica cambiante de las relaciones familiares en el contexto de la sociedad japonesa del siglo XX.

Lo que me llamó la atención fue leer que su primer cuento ‘El Tatuador’ (Shisei en japonés), publicado en 1910 y gracias al cual fue conocido, muestra claramente la influencia de Edgar Allan Poe y Oscar Wilde, dos autores que me encantan, así que me lancé a la biblioteca a ver si lo encontraba. Y tuve suerte.

La editorial Siruela ha publicado varias de sus novelas y ‘El puente de los sueños y otros relatos’, volumen de edición muy cuidada, que incluye cinco relatos, entre ellos ‘El Tatuador. El libro de 157 páginas podría parecer uno de esos que se leen de un tirón, a la hora de la siesta un sábado de lluvia. Pues no. Cada cuento es una breve obra maestra del lenguaje que merece leerse con calma, disfrutando de cada línea. Las traducciones de Ángel Crespo y María Luisa Balseiro son excelentes y quienes tengan la suerte de leer japonés imagino que los disfrutarán aún más.

En algunos de estos relatos, Tanizaki refleja su búsqueda del ideal de belleza femenino y el erotismo. ‘El Tatuador’ obsesionado con decorar el cuerpo de la mujer perfecta, evoca sin dudarlo al ‘Retrato de Dorian Grey’ de Wilde y el sadismo de muchos de los cuentos de Poe. Terror’ es la historia de un hombre aterrorizado por los trenes y a través de una descripción magistral, podemos sentir el calor opresivo que envuelve a la ciudad y al personaje, aumentado sus fobias. Tanizaki fue uno de los primeros escritores del género detectivesco en Japón. ‘El Ladrón’ es un estudio del tema de las mentiras, las emociones y los códigos de conducta de un grupo de estudiantes. ‘Aguri’ nos muestra a un hombre agotado por los caprichos de su joven amante que lo llevan a confundir la realidad con sus delirios.

El cuento más largo y que da título a la obra es ‘El Puente de los sueños’, cuyo nombre está tomado del último capítulo de la novela más importante de la literatura japonesa el ‘Genji Monogatari’. A través de la historia de un muchacho obsesionado por el recuerdo de su madre tenemos una aproximación a las tradiciones familiares de Japón. El cuento comienza así:
                                                                              Con ocasión de la lectura del último
                                                                               Capítulo de El cuento de Genji:
                                                                               
                                                                               Hoy, cuando el tordo del verano
                                                                               vino a cantar al Nido de la Garza                                            
                                                                               crucé yo el puente de los sueños.

Este poema fue escrito por mi madre. Pero yo he tenido dos madres………..

No os quedéis con la intriga.

Imprescindibles
Obra: El puente de los sueños y otros relatos
Autor: Junichiro Tanizaki
Editorial: Libros del Tiempo Editorial Siruela, 2009


Publicado en Revista Imprescindibles © Annie Altamirano Todos los derechos reservados

viernes, febrero 17, 2012

El gótico Mr. Poe


Este es mi primer artículo como colaboradora de la revista Imprescindibles en la sección Cuento. Os recomiendo que la visiteis, es muy interesante. 


Esta sección está dedicada al cuento, al relato, al microrrelato, de ahora y ‘de antes’, de autores ‘clásicos’ y novísimos, sin ninguna pretensión de sentar cátedra o crear un canon ‘haroldbloomístico’ sino con la intención de compartir lecturas y hallazgos. Y para demostrarlo, voy a comenzar con Edgar Allan Poe, odiado sin reservas por Harold Bloom que dijo de él que era tan mal escritor que cualquier traducción lo mejora (Bloom, H. Inescapable Poe, The New York Review of Books, 1984). Por supuesto que disiento con Bloom y mi osadía va apoyada por algunos de los muchos escritores que lo han citado entre sus influencias: Borges, Cortázar, Valéry, Mallarmé o H.P. Lovecraft.




 Poe fue uno de los pioneros del relato norteamericano, sus cuentos tienen un gran contenido onírico y simbólico, una atmósfera de terror cerebral y un alto nivel de sadismo, especialmente en los últimos tiempos, y está considerado el inventor de la novela detectivesca. En 1841 creó al detective C. Auguste Dupin (Locrímenes de la calle Morgue) en una época en la que la palabra ‘detective’ todavía no existía y este personaje que resolvía los casos poniéndose en la mente del criminal, fue el origen de muchos otros detectives posteriores. ‘La caída de la casa de Usher’, ‘El misterio de Marie Roget’, ‘El corazón delator’ o ‘Los crímenes de la calle Morgue’ siguen siendo lectura obligada de los amantes del género gótico y de terror.

En lo personal, me gustan todos ellos pero creo que ‘El tonel de amontillado’ es mi preferido. Se publicó en 1846 y está ambientada en algún lugar de la Italia del siglo XIX. En mi opinión es una obra maestra del suspense. La perversidad, inteligencia y sadismo de Montresor no podrían ser mas modernos. Podría perfectamente ser un personaje de Darío Argento. Ray Bradbury hace referencia a ‘El tonel…’ en ‘Pilares de Fuego’ y ‘Usher II’, el músico Alan Parsons se insipró en él para crear su álbum ‘Tales of Mystery and Imagination’ y el grupo Rammstein hizo una canción, ‘Stein um Stein’, basándose en este cuento. 




Si queréis deleitaros con Edgar Allan Poe leyendo sus cuentos mas conocidos y aquellos no tan populares, os recomiendo la edición de los ‘Cuentos completos’ traducida por otro maestro del cuento Julio Cortázar y editado por edhasa en 2009. Aquí va un aperitivo, el comienzo de ‘El tonel de Amontillado’. Ya me contaréis.




 Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga;esto quedaba definitivamente decidido, pero, por lo mismo que era definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.
Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado motivo a Fortunato para dudar de mi buena disposición. Tal como me lo había propuesto, seguí sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa procedía, ahora, de la idea de su inmolación.


Publicado en  http://www.revistaimprescindibles.com/


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jueves, febrero 09, 2012

HABLAMOS DEL AMOR

El 14 de febrero es el día de los enamorados. ¿Y el 15 qué pasa? ¿Se acabó el amor? 
Para seguir celebrando, el próximo día 15 de febrero a las 22:30 hs un grupo de poetas y músicos haremos un homenaje al amor en El Savor. 

Los poetas:
Annie Altamirano
Benito González García
Carlos Blanco Sánchez
Maribel Domínguez Real
Natividad Gómez Bautista
Toño Blázquez

Los músicos:
Aída Vercher (flauta traversera)
Luis Fernando Sánchez (saxo)
Luis Mayol (guitarra y voz)
Santi Hernández (guitarra clásica)











miércoles, febrero 08, 2012

Las babas del diablo - Larraín y Cortázar



Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.

Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contra es también una máquina (de otra especie, una Contax 1. 1.2) y a lo major puede ser que una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella-la mujer rubia-y las nubes. Pero de tonto sólo tengo la suerte, y sé que si me voy, esta Remington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que todo esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, qu e estoy menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo pensar sin distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo).

De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y
contar, porque al fin y al cabo nadie se averguenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas, que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico. Ay, doctor, cada vez que respiro... Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago.

Y ya que vamos a contarlo pongamos un poco de orden, bajemos por la escalera de esta casa hasta el domingo 7 de noviembre, justo un mes atrás. Uno baja cinco pisos y ya está en el domingo, con un sol insospechado para noviembre en París, con muchísimas ganas de andar por ahí, de ver cosas, de sacar fotos (porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo). Ya sé que lo más difícil va a ser encontrar la manera de contarlo, y no tengo miedo de repetirme. Va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad.




sábado, febrero 04, 2012

Cien mil millones de poemas - Homenaje a Raymond Quenneau - Varios autores


Hace 50 años, Raymond quenneau publicaba su libro 'Ejercicios de Estilo'. Este mes, un grupo de 10 poetas:  Jordi Doce, Rafael Reig, Fernando Aramburu, Francisco Javier Irazoki, Santiago Auserón, Pilar Adón, Javier Azpeitía, Marta Agudo, Julieta Valero y Vicente Molina Foix, publicaron esta hermosura de libro en Demipage. 






Se trata de 10 sonetos de 14 versos intercambiables entre sí gracias al curioso formato del libro: cada verso de cada soneto está cortado en tiras de manera que se pueden leer millones de variables. También el lector puede escribir su propio poema ya que hay hojas en blanco al final para que quien se anime, escriba un soneto. 



Una joyita como libro y como objeto

http://www.demipage.com/blog/new.php?id=379

Ejercicios de Estilo - Raymond Quenneau (1963)




"En el transcurso de los años treinta, estuvimos escuchando juntos (Michel Leiris y yo) en la sala Pleyel un concierto en el que se interpretaba el Arte de la Fuga. Me acuerdo que lo seguimos muy apasionadamente y que, al salir, nos dijimos que sería muy interesante hacer algo de ese tipo en el plano literario (considerando la obra de Bach, no desde el ángulo del contrapunto y fuga, sino como construcción de una obra por medio de variaciones que proliferaran hasta el infinito en torno a un tema bastante nimio".

En efecto, fue acordándome de Bach muy conscientemente como escribí Ejercicios de Estilo, y muy en especial de esa sesión de la sala Pleyel; pero, ¿era, seguro, antes de la guerra? En cualquier caso, fue mayo del 42 cuando compuse los doce primeros (que, además, han quedado como los doce primeros del libro); pensaba limitarme a eso y titulé este modesto intento Dodecaedro, porque, como es sabido, ese bello poliedro tiene doce caras. El director de una revista muy distinguida que aparecía entonces en zona llamada libre mayo del 42 y que me había pedido un «texto», me devolvió el Dodecaedro con aire consternado, incluso diría con tristeza, como si hubiese querido jugarle una mala pasada.

Aquello no me impidió continuar; en agosto del 42, en noviembre del 42, en julio del 44, una docena más se añadió a Dodecaedro. En febrero de 1945, La Terre n'est pas une vallée de larmes, publicación surrealista y belga dirigida por Marcel Mariën, publicó nueve de ellos con el título Ejercicios de Estilo; una nota decía: «El autor piensa, de este modo, "tratar el mismo asunto". -un incidente real, por lo demás, y trivial- de un centenar de maneras diferentes. Seguramente esos cien capítulos idénticos en cuanto al tema no dejarán de provocar, leídos en hilera (sic), algún efecto en el lector.» Esta nota la había redactado yo, por supuesto.
En el transcurso de 1945, escribí otros dieciocho que aparecieron en diciembre del mismo año en Fontaine. En resumidas cuentas, en tres años, había redactado menos de cincuenta; todo el resto fue liquidado durante el verano de 1946 en Isle-sur-Sorgue. Me detuve en los noventa y nueve, juzgando satisfactoria la cantidad; ni tanto ni tan calvo: el ideal griego, vaya."
Raymond Queneau, 1963

Notaciones
En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.
Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Lazare. Está con un compañero que le dice: "Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo." Le indica dónde (en el escote) y por qué.


Relato
Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había quedado libre.
Dos horas más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.


Vacilaciones
No sé muy bien dónde ocurría aquello... ¿en una iglesia, en un cubo de la basura, en un osario? ¿Quizás en un autobús? Había allí... pero, ¿qué había allí? ¿Huevos, alfombras, rábanos? ¿Esqueletos? Sí, pero con su carne aún alrededor, y vivos. Sí, me parece que era eso. Gente en un autobús. Pero había uno (¿o dos?) que se hacía notar, no sé muy bien por qué. ¿Por su megalomanía? ¿Por su adiposidad? ¿Por su melancolía? No, mejor... más exactamente... por su juventud, adornada con un largo... ¿narigón? ¿mentón? ¿pulgar? No: cuello; y por un sombrero extraño, extraño, extraño. Se puso a pelear -sí, eso es-, sin duda con otro viajero (¿hombre o mujer?, ¿niño o viejo?) Luego eso se acabó, concluyó acabándose de alguna forma, probablemente con la huida de uno de los dos adversarios.
Estoy casi seguro de que es ese mismo personaje el que me volví a encontrar, pero ¿dónde? ¿Delante de una iglesia? ¿delante de un osario? ¿delante de un cubo de la basura? Con un compañero que debía de estar hablándole de alguna cosa, pero ¿de qué? ¿de qué? ¿de qué?


Retrógrado
Te deberías añadir un botón en el abrigo, le dice su amigo. Me lo encontré en medio de la plaza de Roma, después de haberlo dejado cundo se precipitaba con avidez sobre un asiento. Acababa de protestar por el empujón de otro viajero que, según él, le atropellaba cada vez que bajaba alguien. Este descarnado joven era portador de un sombrero ridículo. Eso ocurrió en la plataforma de un S completo aquel mediodía.


Punto de vista subjetivo
No estaba descontento con mi vestimenta, precisamente hoy. Estrenaba un sombrero nuevo, bastante chulo, y un abrigo que me parecía pero que muy bien. Me encuentro a X delante de la estación de Saint-Lazare, el cual intenta aguarme la fiesta tratando de demostrarme que el abrigo es muy escotado y que debería añadirle un botón más. Aunque, menos mal que no se ha atrevido a meterse con mi gorro.
Poco antes, había reñido de lo lindo a una especie de patán que me empujaba adrede como un bruto cada vez que el personal pasaba, al bajar o al subir. Eso ocurría en uno de esos inmundos autobuses que se llenan de populacho precisamente a las horas en que debo dignarme a utilizarlos.


Otro punto de vista subjetivo
Había hoy en el autobús, a mi lado, en la plataforma, uno de esos mocosos de los que no abundan afortunadamente porque si no, acabaría por matar a uno. Aquél, un muchacho de unos veintiséis o treinta años, me irritaba especialmente, no tanto a causa de su largo cuello de pavo desplumado como por la clase de cinta de su sombrero, cinta reducida a una especie de cordón de color morado. ¡Jo!, ¡el cabrón! ¡Cómo me cargaba! Como a esa hora había mucha gente en nuestro la autobús, aprovechaba los empujones de costumbre a las subidas o bajadas para hincarle el codo en las costillas. Acabó por largarse cobardemente antes de que o me decidiera a pisotearle un poco los pinreles para jorobarlo. También le hubiera dicho, para fastidiarlo, que a su abrigo demasiado escotado le faltaba un botón.

Propaganda editorial
En su nueva novela, tratada con el talento que le caracteriza, el célebre novelista X, a quien debemos ya tantas obras maestras, se ha esmerado en presentar únicamente personajes muy matizados que se mueven en una atmósfera comprensible para todos, grandes y chicos. La intriga gira, pues, en torno al encuentro en un autobús del héroe de esta historia con un personaje bastante enigmático que se pelea con el primero que llega. En el episodio final, se ve a ese misterioso individuo escuchando con la mayor atención los consejos de un amigo, modelo de elegancia. El conjunto produce una sensación encantadora que el novelista X ha cincelado con notable fortuna.

Ignorancia
Yo, no sé qué quieren de mí. Pues sí, he cogido el S hacia mediodía. ¿Que si había gente? A esa hora, por supuesto. ¿Un joven con sombrero de fieltro? Es muy posible. Aunque yo no miro descaradamente a la gente. Me importa un pito ¿Una especie de galón trenzado? ¿Alrededor del sombrero? Comprendo, una curiosidad como otra cualquiera, pero, desde luego, no me fijo en eso. Un galón trenzado... ¿y se habría peleado con otro señor? Cosas que pasan.
Y, además, ¿tendría que haberlo vuelto a ver otra vez una o dos horas más tarde? ¿Por qué no? Hay cosas aún más raras en la vida. Precisamente, recuerdo que mi padre me contaba a menudo que...

Versos libres
El autobús
lleno
el corazón
vacío
el cuello
largo
el cordón
trenzado
los pies
planos y aplanados
el sitio
vacío
y el inesperado encuentro junto a la estación de mil luces apagadas
del corazón, del cuello, del cordón, de los pies,
del sitio vacío
y de un botón.


Amanerado
Eran los aledaños de un julio meridiano. El sol reinaba con todo su esplendor sobre el horizonte de múltiples ubres. El asfalto palpitaba dulcemente, exhalando ese tierno aroma de alquitrán que origina en los cancerosos ideas a la par pueriles y corrosivas sobre el origen de sus dolencias. Un autobús, de librea verde y blanca, blasonado con una enigmática S, vino a recoger, junto al parque Monceau, un pequeño pero agraciado lote de viajeros candidatos a los húmedos confines de la disolución sudorípara. En la plataforma trasera de esta obra maestra de la industria automovilística francesa contemporánea, donde se amontonaban los transbordados como sardinas en lata, un pillastre que frisaba la treintena y que llevaba, entre un cuello de una longitud cuasi serpentina y un sombrero cercado por un cordoncillo, una cabeza tan sin gracia como plúmbea, alzó la voz para lamentarse, con amargura no fingida y que parecía emanar de un frasco de genciana, o de cualquier otro líquido de propiedades semejantes, de un fenómeno consistente en empujones reiterados que, según él, tenían como causante a un cousuario presente hic et nunc de la S. T. C. R. P. y le dio a su lamento el tono agrio de un viejo vicario que se hace pellizcar el trasero en un mingitorio y que, por excepción, no le apetece en absoluto tal delicadeza y no entra por uvas. Pero, al descubrir un sitio libre, se lanza en pos de él.
Más tarde, cuando el sol había bajado ya algunos peldaños de la monumental escalera de su parada celeste, y cuando de nuevo me hacía vehicular por otro autobús de la misma línea, observé al mismo personaje descrito anteriormente moviéndose en la plaza de Roma de forma peripatética en compañía de un individuo eiusdem estofae que le daba, en esta plaza consagrada a la circulación automovilística, consejos de una elegancia tal que no iba más allá de un botón.


Filosófico
Sólo las grandes ciudades pueden presentar a la espiritualidad fenomenológica las esencialidades de las coincidencias temporales e improbabilísticas. El filósofo que sube a veces en la inexistencialidad fútil y utilitaria de un autobús S puede percibir en él con la lucidez de su ojo pineal las apariencias fugitivas y decoloradas de una conciencia profana afligida por el largo cuello de la vanidad y por la trenza sombreril de la ignorancia. Esta materia sin verdadera entelequia se lanza a veces con el imperativo categórico de su impulso vital y recriminatorio contra la irrealidad neoberkeleyana de un mecanismo corporal inapesadumbrado de conciencia. Esta actitud moral arrastra al más incosciente de los dos hacia una espacialidad vacía donde se descompone en sus átomos elementales y ganchudos.
La indagación filosófica prosigue normalmente con el encuentro fortuito pero anagógico del mismo ser acompañado de su réplica inesencial y costurera, la cual le aconseja nouménicamente transponer al plano del intelecto el concepto de abrigo situado sociológicamente demasiado bajo.


Modern Style
En un ómnibus, una mañana, hacia mediodía, me fue dado asistir a la pequeña tragicomedia siguiente. Un petimetre, aquejado de un largo cuello, y, cosa extraña con un cordoncillo alrededor del bombín (moda que hace furor, pero que yo repruebo), pretextando de pronto una gran prisa, interpeló a su vecino con una arrogancia que disimulaba mal un carácter probablemente pusilánime y lo acusó de pisotearle de forma sistemática sus escarpines de charol cada vez que subían o bajaban damas o caballeros dirigiéndose a la puerta de Champerret. Pero el gomoso no aguardó en absoluto una contestación que sin duda le hubiese llevado al campo del honor y trepó raudo a la imperial donde le esperaba un sitio libre, pues uno de los ocupantes de nuestro vehículo acababa de posar su pie sobre el blando asfalto de la calzada de la plaza Pereire.
Dos horas más tarde, al encontrarme sobre la misma imperial, observé al pisaverde del que os acabo de hablar, que parecía disfrutar sobremanera con la conversación de un joven currutaco que le daba consejos superchic sobre la forma de llevar la esclavina en sociedad.


Injurioso
Tras una espera repugnante bajo un sol inaguantable, acabé subiendo en un autobús inmundo infestado por una pandilla de imbéciles. El más imbécil de estos imbéciles era un granuja con el gañote desmedido que exhibía un güito grotesco con un cordón en lugar de cinta. Este chuleta se puso a gruñir porque un viejo chocho le pisoteaba los pinreles con un furor senil; pero enseguida se arrugó largándose a un sitio vado todavía húmedo del sudor de las nalgas de su anterior ocupante.
Dos horas más tarde, qué mala pata, me tropiezo con el mismo imbécil que charra con otro imbécil delante de ese asqueroso monumento llamado la estación de Saint-Lazare. Parloteaban a propósito de un botón. Me digo: aunque se suba o se baje el forúnculo, mona se quedará, el muy requeteimbécil.


Distingo
Por la mañana (y no por Ana la maña) viajaba en la plataforma (pero no formaba en la vieja plata) del autobús (no confundir con el alto obús), y como estaba llena (no me como esta ballena) la masa chocaba (y no la más achochada). Entonces un jovencito (y no cito un joven) extravagante (no vago estragante) se dirigió (aunque no digirió) a un sujeto (pero no atado) pacífico (no Atlántico) enojándose (no desojándose) porque éste (no Oeste) le pisaba el pie (no le pispaba el bies).
Al cabo del rato (y no al rabo del gato) yo vi al tonto (no llovía a lo tonto) en San Lázaro (no el de Tormes) conversando con un amigo (no amigando con un converso) más meticuloso (mas no supositorio) en temas de indumento (y no mento más té hindú).

(1) Ediciones Catedra, S.A.,1999.

Cien mil millones de poemas - Homenaje a Raymond Quenneau


Raymond Quenneau (Le Havre, Francia, 1903 - París, 1976) Escritor y matemático francés. Hijo único de familia católica, su vocación literaria, que inquietaba a sus padres, fue precoz y constante. Escribió gran cantidad de poemas, muchos de los cuales rompió, y desde su juventud manifestó una avidez de lectura que no cesó nunca. En 1920 su familia se instaló en un lugar próximo a París y el joven Queneau obtuvo una doble licenciatura en letras y filosofía en la Sorbona. 

En 1924 tuvo su primer gran encuentro con los surrealistas. Es probable que la relación con A. Breton y sus amigos especialmente, a partir de 1927, J. Prévert, G. Duhamel e Yves Tanguy estimulara en forma decisiva su vocación literaria. La liberación que permitía la escritura automática, la rebelión y el inconformismo del nuevo medio le permitieron manifestarse como un miembro activo del grupo. Sus primeros textos, en los que se expresaba su gusto por el sueño y el cine, aparecieron en La Révolution Surréaliste. En 1930 rompió con Breton, por "razones personales".

En Odile (1937) contó metafóricamente y bajo forma novelada cómo un simple viaje a Grecia, en 1932, lo liberó de los surrealistas y propició su primera novela, Le Chiendent (1933), en la que se enfrentó a la oposición entre lengua escrita y lengua hablada. A partir de entonces, publicó en Gallimard una novela por año. Gueule de pierre (1934) y su continuación, Les Temps mêlés (1941), abordaban el drama de las relaciones entre padres e hijos; en Les Derniers jours (1936), el héroe vivía la decadencia de la posguerra. Estas novelas, al igual que Chêne et Chien (1937), "novela en verso", Les Enfants du limon (1938) y Un rude hiver (1939), se inscribieron en lo que puede considerarse como una "novela familiar" que trazaba su historia personal.

Por esas fechas comenzó su creciente interés por las religiones orientales y el pensamiento esotérico. En 1938 fundó con H. Miller la revista Volontés. Ante el estallido de la nueva contienda mundial, su Journal 1939-1940 (diario publicado póstumamente en 1986) revela una angustia que sólo lograba apaciguar con el ejercicio de sus rituales.

Las novelas que publicó durante y después de la guerra, Mi amigo Pierrot (1942), Loin de Rueil (1944) y La alegría de la vida (1952), son menos sombrías que las anteriores y están presididas por un cierto júbilo, que se acentuó en Zazie en el metro (1959), en la que la mezcla de lo popular y lo erudito da fuerza cómica a la obra y que, al igual que Ejercicios de estilo (1947), consolidó su popularidad. Zazie en el metro obtuvo un importante premio por su humor negro, y fue llevada a la gran pantalla al año siguiente por Louis Malle. Los Ejercicios de estilo relatan un mismo y trivial incidente de 99 maneras o "estilos" diferentes.