'... las estrellas para quien las trabaja', Juan Carlos Mestre, poeta

martes, diciembre 13, 2011

Historias de andenes - Recuerdos de infancia

Hay andenes que cuentan historias ajenas cuyo principio y final nunca sabré. Abrazos apasionados en el estribo, miradas húmedas en las ventanillas con la maleta de la soledad a cuestas.

Camino otra estación por su andén lejano, las paredes blancas, flores rojas en la cerca.
Una niña mira expectante hacia la curva, espera la locomotora que imagina como dragón de cuento.

Una jovencita intenta descubrir al que espera entre las caras que asoman ansiosas por bajar.

Una madre cuenta a sus niños historias de trenes que pasan veloces en las madrugadas silenciosas mientras ellos duermen.

La estación está desierta, muda, casi huérfana. Atardece. Las flores siguen allí pero ya son otras. Llega el olor de los pinos y el grito de los benteveos. La señal está baja. Un tren está por llegar.

Estoy sentada en un banco, sola. Llega el tren. Meto los recuerdos en la maleta. Tomo a la melancolía de la mano. Miro a la estación por última vez y me subo al vagón. 





© Annie Altamirano Todos los derechos reservados

jueves, diciembre 08, 2011

Poética

La poesía está allí
al alcance de la boca
total, textual, repetida,
declamada
en cada objeto
en cada acontecer
en los rostros anónimos
de los personajes callejeros
que acompañan.
La cotidianeidad,
la fruta sobre la mesa,
el olor del bizcocho,
las sábanas arrugadas,
el aliento urgente.
Todo está nombrado
cestas palabras
con esta voz
con esta música.
Poesía
es lo que está allí
conmigo
viviendo.

©Annie Altamirano, Salamanca 2011

Poemas hiperbreves


Estos poemas breves me surgieron a partir del Primer Encuentro Literario que organizamos con A.C. Pentadrama y en el que el invitado fue el profesor Antonio Sánchez Zamarreño. Siguiendo los consejos que nos dió y luego de leer sus Fragmentos del Romano, he querido experimentar con esta forma de escribir.

I
En este fragmento
de tiempo que nos toca
nos hicimos nuestros

II
Quiero perderme de nuevo
en la aventura de tu espalda


III
Me perderé en el revés de tus caricias

IV
Llegó un día de madrugada
para incendiar la noche

V
Tendida sobre esta piel
encuentro la brújula de tus manos

VI
Llegaste un día y te instalaste
en mí como la sangre

VII
Mas allá de tus manos en mi cuerpo
nada mas que páramo y negrura

VIII
Junto a un beso
apagamos la sed de nosotros


IX
Te recuerdo
y en el punto cardinal de tus ojos
verás mi sonrisa

X
En lo profundo de esos ojos
puedo brillar o desaparecer

XI
Vuelvo del amor como un espartano,
desgarrado y sangrante,
presto a otra batalla

XII
Me reconozco en la extensión de tu espalda
y en el hueco de tu mano

XIII
¿Quién seré cuando ya no digas mi nombre?

XIV
Después del engaño la certeza
de haber perdido la llama

XV
Resuena en el silencio del alba
el eco de tu cuerpo ausente

XVI
¿Cómo borraré las cenizas de la soledad
Cuando invadan los amaneceres?


©Annie Altamirano, Salamanca 2011

No puedo escribir un poema triste


No puedo escribir un poema triste,

No puedo escribir sobre el abandono,
la pérdida o el desengaño
porque estás aquí dormido a mi lado,
tu brazo sobre mi cintura

Pero si una mañana me despertara la soledad
de una cama helada,
si no encontrara tu risa en los rincones
la tranquilidad de tu abrazo fuerte,
cómo haría para seguir
sin verte detrás de mí en el espejo

Me ahoga la angustia, el alarido
sordo y silencioso del desgarro,
el vacío por aquí, en algún lado
entre el pecho y tu memoria.

Abres los ojos, me miras, sonríes.

No puedo escribir un poema triste.
Hoy no.

©Annie Altamirano, Salamanca 2011

Los días violetas

Hoy es un día violeta, de un sol que amenaza con lluvia, de veredas repletas de gente que apenas se mira. Así son estos días violetas, en que quiero escribir un cuento y el lápiz se me escapa de las manos. Tengo ganas de tomar chocolate con churros, voy a la mesa y me encuentro con una taza de té. Pero no me enfado porque los días violetas no son para enfadarse.


También hay días azules, como cuando el cielo es un espejo y los cuentos me salen fácil y los leen hasta los marcianos. O rojos, como cuando todo parece estar a punto de suceder. Pero hoy no es rojo ni azul, es violeta.


Por mucho que quiera no puedo volverlo amarillo. Un día amarillo de esos en que los ojos se te quedan atrapados en el vidrio de la ventana de la cocina y los recuerdos se abren como un álbum de fotos. En esos días amarillos, estás adentro de casa porque llueve. Esos días se confunden con los grises sólo porque cuando llueve el cielo se pone gris.


Sin embargo los días grises son distintos. En ellos puede haber sol y los árboles pueden estar florecidos, porque es la mirada de uno la que tiene nubes y entonces por cualquier cosa lloras o se te hace un nudo en la garganta porque sí, porque uno quisiera que fuera un día azul y las nubes de la mirada lo nublan todo.


A mí me gustan los días verdes, como la melena de los sauces en primavera, como el campo a lomos de un pájaro. Son días en los que hasta los edificios parecen construidos de hierba.


Cuando el día es verde, te das cuenta al amanecer porque en vez de quedarte en la cama, sientes cosquillas en las piernas y puedes llegar a cualquier parte aunque quede muy lejos. Y entonces es posible hacer los deberes con música de fondo, o jugar con los amigos que ese día están más divertidos que nunca porque ellos también se despertaron con un día verde.


A mí me gustan los días verdes porque me siento a leer debajo de un árbol y de repente Aragorn, Harry Potter, el Cid y hasta la tonta de Heidi, se vienen de picnic conmigo y el conejo de Alicia nos sirve el té en una mesa de barquillo con mantel de lunares de fresa. Me gustan esos días porque tienen algo de azul aunque no lo sean, porque los días azules son como postales para mirar y los verdes son para pisar.


También hay días lisos en los que no pasa nada, días a cuadros donde todo me sorprende, con horas anaranjadas bañadas en chocolate. Cuando llegan esas horas, me pongo a amasar pan y pongo la mesa en el patio debajo de las glicinas.


También hay tardes remolonas con perfume a jazmín a la hora de la siesta para enamorarse, para entrelazar los dedos y dejarse llevar por el asombro de que no es un sueño estar juntos.


Mañana quizá sea rojo, dorado o transparente, quizás me encuentre con horas de menta y mañanas con olor a tilos en flor. Pero hoy no. Hoy es un día violeta.


©Annie Altamirano, Salamanca 2009