'... las estrellas para quien las trabaja', Juan Carlos Mestre, poeta

martes, octubre 14, 2014

Diana Bellessi

Diana Bellessi es una poetisa argentina, nacida en la provincia de Santa Fe en el año 1946. Al poco tiempo de haber finalizado sus estudios de Filosofía en la Universidad Nacional del Litoral, se embarcó en un viaje que la llevaría a conocer su continente en profundidad sin valerse de medios de transporte, sino andando. Incursionó en el periodismo, redactando artículos en español y en inglés, idioma que aprendió en su visita a Estados Unidos; colaboró con la revista Feminaria y con Diario de Poesía. Siempre dentro de sus actividades no estrictamente de producción, aunque conectadas con las letras, participó de talleres literarios en prisiones de Buenos Aires, reflejándose en su libro "Paloma de contrabando".
Diana cuenta con más de 30 títulos publicados, entre los que encontramos sus poemarios "Destino y propagaciones", "Tributo del mundo", "Eroica" y "La pequeña voz del mundo", su antología de poetisas norteamericanas titulada "Contéstame, baila mi danza" y su libro de ensayos "Lo propio y lo ajeno".
Dos reconocimientos de gran importancia que ha recogido a lo largo de su carrera son las becas Guggenheim de poesía, en 1993, y la Trayectoria en las Artes, otorgada por la Fundación Antorchas en 1996.

HE CONSTRUIDO UN JARDÍN...
He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
allí, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.
Deja el equipaje repetía, ahora que tu cuerpo
atisba las dos orillas, no hay nada, más
que los gestos precisos
dejarse ir para cuidarlo
y ser, el jardín.
Atesora lo que pierdes, decía, esta muerte
hablando en perfecto y distanciado castellano.
Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía
que te allega, a la orilla lejana de la muerte.

Ahora la lengua puede desatarse para hablar.
Ella que nunca pudo el escalpelo del horror
provista de herramientas para hacer, maravilloso
de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror
si la belleza lo sostiene. Mira el agujero
ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo
en el espejo frente al cual, la operatoria carece
de sentido.

Tener un jardín, es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere, mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige, a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado,
disuelve la ecuación, descubre páramo.
Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos, jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero.




MAREA DE MI CORAZÓN...
Marea de mi corazón
déjame ir
en las ligustrinas
como un insecto o como la
misma ligustrina en el rumor
en el rasante
vuelo de las
golondrinas alrededor
de los aleros en la música
minimal donde se hunde
mi vecino mientras tapiza
con golpecitos los respaldos
de las sillas en el sol
rasgado por la brisa
no ser lo otro
lo que mira. Desligarme
del ser hacia aquel
estar mayestático de
la dicha. Alfombra
de orquídeas diminutas
sobre el pasto florecen
antes que la máquina
cortadora de césped
las arrase ¿aprendieron?
Corolas violáceas
enjoyadas que emergen
en cinco días de sus tallos
aprendieron la brevedad?
de la vida sin ser
lo otro que del origen
nos aparta


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