Hoy es dieciocho de abril
y el mundo
levanta su copa
por esta
cepa terca
que aprendió
a ser grande
del otro
lado del océano.
Pero yo no
brindo por la cepa.
Brindo por
lo que hace el tinto
cuando baja
y afloja
lo que uno
lleva apretado
entre la
garganta y la cordura.
Brindo por
la primera copa,
que es
educada,
por la
segunda,
que ya
tutea,
y por la
tercera,
que te mira
a la boca
sin pedir
permiso.
El malbec
tiene ese don:
oscuro como
lo que no se dice de día,
espeso como
lo que se piensa
cuando la
conversación se acorta
y la
distancia entre las sillas
empieza a
sobrar.
Dame esa
copa
y dame tu
boca después,
que con esta
desinhibición de uva negra
me bebería
toda la saliva que me des,
cada palabra
a medio decir,
cada
silencio que sepa a tanino
y a ganas.
No me hables
del terroir,
ni de la
barrica,
ni del roble
francés.
Hablame de
lo que pasa
cuando el
tinto calienta la sangre
y lo que era
prudencia
se convierte
en manos
que no
calculan,
en lengua
que no mide,
en piel que
recuerda
que antes de
ser civilizada
fue viña
salvaje.
Esta noche
brindo
por el
malbec,
por su
manera de decirme
que todo lo
que callo
cabe en una
copa
y se
desborda
en la
siguiente.
Salud.

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