Los domingos son muy domingos
con su luz tardía cayendo oblicua
sobre el mantel que nadie dobla.
La mañana se demora en sí misma,
el café enfría despacio
y nadie apura el tiempo
porque el tiempo tampoco apura.
Afuera el barrio respira diferente,
los pasos suenan huecos en el adoquín,
las persianas a media asta
custodian ese acuerdo tácito de no exigirle nada al día.
Los domingos son muy domingos:
guardan en los bolsillos
el peso quieto de lo que no se hizo,
el olor a pan que alguien hornea lejos,
la voz de la radio filtrándose por la pared medianera.
Me siento en el umbral donde el sol apenas llega
y pienso en los domingos anteriores,
en cómo todos se parecen
y sin embargo ninguno es el mismo.
Yo aprendo de él:
no toda quietud es pérdida.
Cuando cae la tarde del domingo
con esa luz que ya no alcanza,
enciendo la primera lámpara
y el lunes comienza a existir en algún lugar remoto,
todavía ajeno,
todavía lejos.
@Annie Altamirano, Sierra de la Ventana, abril 2026

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