que caen sobre la mesa. Hago
un volcán, un cráter que espera.
En el centro
vierto agua tibia con sal
y el aceite dorado que resbala
antes de hundirse.
Mis manos
entran al círculo de harina.
Los dedos mezclan desde adentro hacia afuera.
La masa
resiste primero, se desmiga,
huye entre los dedos. Pero insisto
con el peso del torso, las palmas
empujando y doblando, empujando
y doblando, hasta que cede,
hasta que la superficie se cierra
sobre sí misma, tensa y fría. La envuelvo
en el paño húmedo—el mismo
de cuadros azules desteñidos—y espero.
Media hora.
Mientras,
pico la cebolla para el relleno.
El cuchillo golpea la tabla, staccato
regular. El ardor sube a los ojos.
El comino cruje en el mortero,
se quiebra grano a grano.
Cuando
estiro la masa, cuando el rodillo
va y viene con su rumor de madera antigua,
las manos se mueven solas, conocen
el grosor exacto, la presión justa.
El repulgue
trenzado con los dedos:
trece pliegues por empanada,
siempre trece, ni uno más
ni uno menos. Así me enseñaron.
En el horno
se doran despacio.
Cuando muerdo la primera,
quema un poco la lengua.

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